Aquí no vive nadie. Fantasmas de ojos rojos y lamentos carcomidos. Mis párpados cosidos, las pestañas confungidas de lágrimas, el metal áureo de mis costillas, la rosa que pierde un pétalo por los días en los que nadie me ama -ni si quiera mis manos-.

Lo peor de que la soledad se meta por tu boca es que alcance tu corazón y te lo vuelva escarcha, mientras estás rodeada de gente que dice que te quiere, pero llevan un puñal escondido en un bolsillo del pantalón. Hay heridas tan profundas que puedes leer a través de ellas miles de historias, cuentos, y hasta encontrarte la flecha encangrenada de Cupido.
No fuimos ciertos, tampoco fuimos pesadilla ni sueño, y eso nos ha provocado un suicidio de recuerdos que nos muerden, como saber que podrías haber hecho más, siendo un poco menos cínico. Ahora vivimos condenados a echarnos de menos, a escribirnos cartas que nunca nos mandaremos, y que nunca recibiremos. Condenados a encontrarnos y a no reconocernos al mirarnos a los ojos, como cuencas vacías repletas de lágrimas sin respuesta, de preguntas gritando silencios. Un dolor en la garganta en forma de exclamación no resuelta, sabiéndonos etéreos cuerpos a los que el tiempo les ha dado cruel muerte.

No hay isla más desierta que la que habita en mi cabeza, que te llama llena de angustia, implorándote ciégamente que vuelvas.

Te quiero. Te quiero. Te quiero.

¿Pero de qué me sirve quererte si no puedo tenerte completo? Si sólo tengo una mitad partida por tres, de tu alma. Si tu amor es una serie de catastróficas desdichas ancladas a la memoria de otra mujer a la que yo no puedo alcanzar aunque me calce mis tacones. ¿De qué me va a servir ese amor? ¿De qué te va a servir a ti si tienes que fingir un abrazo cada vez que me ves una vez al mes?

Te quiero. Mil veces, más allá del infinito más infinito y más universo. Pero no. Ya no. Tu camino se ha separado de mis pies, has envuelto tus labios en un muro y me has empujado a bailar en una cuerda floja impregnada en lava.
Te dije adiós porque tus dedos estaban quemando mi hogar, y no puedo permitirme el perderme de nuevo a mí misma, que se me vuelva a caer el pelo al temblar al sentir tu aliento rozando mi piel.
Y te puedo prometer que eres lo que más he sentido en muchos siglos, pero a veces lo mejor para no seguir vomitando intransigencia es encerrarte tras muchas capas de eterna (e interna) oscuridad. La luz me seca las mejillas, humedece mis uñas, y hace que mi fe se burle de mis carencias.

No intentes salvarme: hace muchos años que vivo perdida, que no tengo fuerzas ni ganas de encontrar la salida del laberinto, y tal vez me haya acostumbrado a vivir entre matojos de hojarasca seca. Tal vez no quiera ser salvada ya. Tal vez simplemente hayas llegado tarde -como siempre-.
Y no pienses que te culpo. No lo hago. No creo que seas un culpable parcial de mis miedos y caídas. He comprendido que cuando alguien se va de tu vida, es porque al hilo rojo de su destino celeste se le murieron los pétalos y necesitaba salir a tomar un suspiro de aire.

Eso somos las personas: bocanadas de brisa efímera en las vidas de los otros. Un cerezo en flor que al llegar el invierno se queda desnudo.
Olvido, nostalgia, una canción con fecha de caducidad, un jarrón roto, un poema de amor jamás escrito en una época jamás vivida.

Pero por favor, no me llores, no me lo pongas más difícil, cariño. Es necesario. Tirarme a ese barranco, que las rocas disparen por mi cuerpo y las balas me dejen los demonios ahogados en el fondo del mar. Será leve. Sólo dolerá unos minutos.

Sólo dolor y gloria.

Texto: Laura Ginés.

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