Cada persona elige con quien matarse, con quien desea desangransarse los nudillos de sus dedos, con que puñal quiere despojar de honra las espinas de su rosal.

Yo he querido tanto debajo de estas manos malditas, he amado tanto por cada esquina de esta pedregosa playa, que ya no hay dolor ni caída que me parta los huesos, y si me tiro por la ventana, tal vez descubra que sigo pudiendo volar, volar sobre mi propio sepulcro, una tumba donde murieron hace meses, tal vez años, miles de fotos que representaban la vida de muchas noches de sonrisas, puede que también de muchas lágrimas, y gritos, de bailes bajo la lluvia.

Y un buen día, -un haciago día- me tiré, salté sobre aquel vacío, cogí carrera, alcé los brazos cual águila, y de repente, no podía volar: caía y caía, tenía los ojos vendados, y en mi cuello había una soga. Apretaba mi garganta. Dolía bastante. Angustia. Ansiedad. Frío. Me arrasaba las venas de mis brazos.

Y al fondo de aquel caos, él y su ancha sombra.

Pataleaban mis nalgas, le gritaba que por favor quitara los grilletes de mis alas. Pero lo único que hizo fue sentarse delante mía, y sonreír. Más unos segundos después, comenzó a reirse con fuerza, mientras veía como me arrastraba llorando su perdón. Se levantó, me cogió del brazo derecho, y besó mis lacrimógenos labios. Después, se volvió y se fue de nuevo andando por el camino por el que había venido, mientras su boca vomitaba una carcajada, y el eco de la jaula la repetía en bucle, serpenteando hacia mis oídos.

Unas horas después de aquel desastre, de caer y caer por el desagüe, de llover sobre la misma herida de mis muñecas una y otra vez durante 285 minutos, vi como mi cuerpo se estrellaba contra las rocas del acantilado. Un golpe sordo. Una mirada seca. Por fín mis alas volvían a estar libres de cadenas.
Nunca había sido tan aliviador tirarse al mar con los ojos cerrados, al océano abierto, narrar tu propia historia mientras nadas hasta la orilla, viendo a tus derrotas alejarse entre muchas tormentas. Ahora la calma es mi cuna, miro al horizonte, la luz del sol ya no quema las cicatrices de mi espalda, ya no duele caminar descalza por la playa.

Ya no me asustan mis propios monstruos, les he escupido a sus pies, les he gritado que él está muerto, que ahora la poesía me ha vuelto viento y marea, que ya puedo mirarles a los ojos sin miedo a desaparecer yo. Me he desprendido de aquella cuerda que tiraba de mi pelo, y una amapola ha crecido entre los huecos de mis costillas.

Ayer le volví a ver: quiso salir del pozo, balbuceaba mi nombre, casi en súplica, que le dejara volver a abrazarme.
Pero no. Ya no. La amargura no volverá nunca a ser mujer.

Ahora tiembla tú: he aprendido a ser música sin necesidad de escuchar la melodía de tu acordeón.

Poema: Laura Ginés.

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