Y de repente se marchó. Aún seguía aquí. Pero ya no estaba. Cuando el amor se rompe se parece un poco a no poder dormir por las noches por miedo a no poder despertar de la pesadilla. A descubrir que los sueños no existen, y que todo es un contínuo vacío lleno de abismos mal cosidos con lágrimas y fotos rotas. Que el amor es vivir de falsas esperanzas, de futuros llenos de promesas que nunca se cumplirán. 

Así que un día se marchó. Aunque siguiera a mi lado, nos separaban mil kilómetros de desamor. Nunca perdí la esperanza de convertir dichos kilómetros en abrazos por la espalda, de esos que te salvan la vida entera en tan solo un segundo. A veces la esperanza es como querer arrancar una rosa llena de espinas. Pero por más que duela, por más que te pinches, insistirás, irás a por la rosa más bella de todas, la más difícil de encontrar. Supongo que a nosotros nos pasó eso: pensamos que podriamos cortar la rosa sin clavarnos sus espinas. 

Aquél día no supiste como fingir que te estabas muriendo por dentro, y yo, tonta de mí, cerré los ojos y te di la espalda, pensando que al darme la vuelta todo volvería a ser como antes, y no habría distancia que separara tu sonrisa de mi alma. Pero cuando quise darme cuenta ya era tarde, y tú te habías ido para siempre. Aunque nos viéramos todos los sábados por la tarde, aunque me abrazaras y me besaras; nuestro universo se había roto. Otra cicatriz más que añadir a este corazón lleno de remiendos y de recuerdos que se empapan de nostalgia. ¿Pero qué hacer cuando sientes que tu mundo se desmorona y no sabes como cambiar el curso de las cosas? 

Yo solo quiero un para siempre, pero de los de verdad, de los que siempre se cumplen, de los de toda una vida juntos. Tarde o temprano. Aunque a veces es más lo primero que lo segundo, y al final todo se acaba convirtiendo en una historia en blanco y negro, pues tú nunca vuelves, y yo siempre pienso que un día te acordarás de mi, de nuestro amor, y tus caricias volverán a abrazarme por dentro, todos los sueños que nunca pudimos cumplir. Y estás aquí, ahora mismo. Pero estás lejos. Cuando te he preguntado que si me querías, me has dicho que no lo habías, y a la semana siguiente volvías a quererme. Pero cariño, ya no puedo más con tus borrascas sentimentales, y tus dudas sobre si eres capaz de aguantar mis defectos por encima de cualquier cosa. Y es que quien te quiere no te hace llorar, sino volar, y, mi vida, hace mucho tiempo que noto que ya no vuelas, o al menos, que ya no vuelas a gusto a mi lado. Y no sabes la angustia, los volcanes que explotan dentro de mi cuando pienso que cada día te pierdo un poquito más y no puedo hacer nada por evitarlo. 

Y es que fuiste y seguirás siendo mi lugar favorito para perderme, incluso cuando todo se tuerce entre nosotros, incluso ahí siento que te quiero más que a nada. Supongo que a eso se le llama ser una idiota enamorada, pero es que nunca he sabido amar de otra manera que no fuera dando todo lo que siento y tengo por la otra persona. Aunque lo único que tuviera fuera mi sonrisa y este corazón oxidado lleno de cicatrices, pero con ganas de amar y de ser amado.


Aunque eso suponga perderme eternamente y que nadie me encuentre. 


Tal vez sea tarde ya para volver a decirte que te quiero, pero no como se quieren en las películas románticas, sino de verdad. Que si pudiera quedarme a tu lado toda una vida, sin dudarlo lo haría. 


Pero te siento tan lejos… que hasta la esperanza ha perdido la esperanza de volver a verte sonreir.


Ojalá que algún día puedas perdonarme. 




Te quiero y siempre te querré.





Texto: Laura Ginés

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