Ella miraba las fotos con tristeza.

Le extrañaba demasiado. Echaba de menos sus pequeñas manías, y sus defectos, los que ella siempre había admirado tanto. Se dió cuenta de lo absurdo que había sido intentar odiarle. Era imposible. Aunque él la hubiera hecho daño, también había sido algo mutuo. Se habían roto los corazones el uno a la otra. Sin embargo, como se suele decir, siempre quedan cenizas donde antes hubo algo demasiado grande y hermoso. Y eso ella lo sabía. Él se había ido con la rosa, y a ella solo le habían quedado las espinas. Estaba tan rota que en cada suspiro se le escapaba un trozo de vida. Tal vez, por querer y extrañar a alguien que jamás volvería a ver. Estaba tan destrozada que su alma vagaba entre los recuerdos y sus lágrimas encharcadas de soledad.

Abrió el baúl de las nostalgias. Allí estaba todo. Los dos anillos de oro que pesaban y quemaban como promesas ardientes. El colgante del corazón plateado. Los poemas, las cartas. Y ahora solo quedaba el esqueleto de un antiguo amor, de una lejana pasión. Todo su mundo había enmudecido. Ya no existían arcoiris que lo llenasen de colores, ni rayos de sol que lo iluminaran y derritieran el frio invierno de su interior, que ahora se había convertido en una dolorosa eternidad. Ella era la metamorfosis de kafka en el mundo al revés, la mariposa convertida en cucaracha, y había llegado a la conclusión de que si solo estaba hecha para dañar a las personas que amaba, entonces lo mejor era estar sola que bien acompañada. Así ya no rompería más corazones, no destrozaría más ilusiones.

Y entonces volvieron las pesadillas en forma de niebla en su cabeza, sin que le dejasen ver que es lo que le esperaba, fantasmas del pasado susurrándole palabras que no llegaba a entender, y ella… ella tumbada en la cama conviertiéndola en un ataúd y haciendo de la tristeza, su propia mortaja.

Su castigo por haberle dejado marchar.

Texto: Laura Ginés.

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