He de reconocer que no es la primera vez que escribo esta historia. Con tan sólo once años ya tuve escritos mis primeros versos, mis primeras canciones al son de bongos y mis primeras cartas dentro de botellas. Pasan los años y sigo hablando de él como el primer día que empecé a apreciar aquella sonrisa, a veces vuelvo a sentir esa necesidad irremediable de echar botella al mar con el interior lleno de todas las palabras que nunca le diré.

Cada paso que andamos es complejo, tanto que no podemos imaginar las consecuencias de cada pequeño gesto. Pero esta no es una historia donde los detalles cuenten más que los grandes y vistosos actos.

Imaginad por un momento que estáis en aquel instante de vuestra película de amor favorita en el cual uno de los protagonistas está a unos minutos de irse, esperando impaciente a que el otro diga aquellas palabras que le hagan quedarse. Imaginad por un instante que la otra persona llega a ese lugar, pero esta vez, el final cambia y nadie dice nada, nadie grita lo suficientemente alto esas palabras mágicas que le dan sentido al resto de la película. Imaginad que esa persona se va sin escuchar lo que necesitaba, imaginad que la otra solo se queda esperando, no sabe a qué, ni a quién, solo con la certeza de que no luchó absolutamente nada por aquel amor.

Pongamos nombres a aquel amor, o mejor letras, será más fácil que cada uno elija los nombres que se les ocurran. Elijo A y F. F marchó y A no fue capaz de decir nada, pero muchas de las películas que habitualmente vemos tienen segundas partes, segundas opciones. A pensó que era su oportunidad, casualmente se verían pasados unos años. Escribió líneas y líneas por si en el momento se quedaba en blanco, explicándole a su amor que nunca le dejó de tener en su mente en todo el tiempo que habían estado separados. A le perdonaba todos los mensajes no contestados, se disponía a intentar apostar todo a una sola carta. Pero F no pudo ni acercarse, miraba a su antiguo amor con un dolor infernal que transmitía desde el otro lado de la sala.

A llevaba un traje verde esperanza, escuchaba la música de fondo y no dejaba de encontrar similitudes entre sus letras y su historia de amor. Daba igual para qué había ido a ese sitio, daba igual si los canapés estaban ricos o si las sillas eran cómodas, sólo tenía que encontrar unos minutos para hablar a solas con F.

La tarde pasaba, todo el mundo se cruzaba entre ellos, ninguno pudo acercarse, aunque estoy prácticamente convencida de que F no quería acercarse. Podía sentirse su miedo.

A empezó a tener pensamientos muy negativos, salió de esa sala para saber si el aire podía orientar su cabeza mejor que aquella música. Pronto, aquel sol empezó a desaparecer, las nubes empezaban a poner gris aquella tarde y, poco tiempo después, empezaría la tormenta. Inevitablemente A y F tuvieron que compartir coche para poder llegar a casa, F vive a unos minutos de A. Fue el camino en coche más largo que probablemente A hará en su vida, cuarenta minutos convertidos en absoluto silencio y miradas perdidas cada uno en su ventana.

A volvió a sentir lo mismo que la última vez, no pudo dejar de pensar que aquel dolor lo había provocado por no luchar en su momento, antes todo había que construirlo, ahora se trataba de reconstruir lo dañado y construir encima, ¿realmente valía la pena arriesgar de nuevo la felicidad que F tenía ahora?

F salió de aquel coche, y A detrás como si aquel instante pudiese volver a repetirse.

Yo, yo nunca quise hacerte daño – Dijo A mirándole a los ojos. Ya basta, y ¿qué pretendes? – Dijo F abriendo un paraguas – ¿qué tienes que decir? Dilo ya o cállate.

A quiso empezar a recitar aquellas palabras, pero no tenía prácticamente tiempo.

Eres importante para mí y – Dijo A sin apartar la mirada de aquellos ojos y sin poder decir nada más. – No digas nada, no quiero saber nada, adiós – Dijo F introduciéndose en aquella urbanización blanca.

A se metió de nuevo en el coche, sólo pudo mirar aquellas gotas que caían en el cristal, tan similares a sus lágrimas que no podían evitar escapar. A se fue, no gritó en plena calle lo que sentía, no luchó, otra vez más, no insistió por quien merecía la pena. Para ella, el dolor mostrado en sus palabras era suficiente para apartarse definitivamente de su camino. Toda esa amistad que había intentado mantener siempre, no decir aquellos pensamientos antes de que llegase el momento en el que F marchase, tenían sentido. Había sido la mejor amistad que se podía llegar a tener, había apoyado a F con cada una de sus relaciones, y le había protegido. A sólo se dedicó a vivir aquellos momentos con F sin pensar en lo complejo que se volvía la situación para su corazón. El esfuerzo, la felicidad de F, era el único objetivo y lo fue hasta el final. Sin embargo, A nunca se atrevió a mostrar sus sentimientos, a apostar por unos pilares diferentes y F, que sentía lo mismo, nunca se lo perdonará.

Ahora, uno de los colores favoritos de A es el verde.

 

Anuncios