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Supongo que es difícil. Asumirlo, digo. Asumir que lo nuestro es más un yo intentando enamorarte que un nosotros fundido en un beso.
Es difícil aceptar que la partida estaba perdida nada más conocerte, y que me has ganado poquito a poco; que siempre he sido tuya pero tú nunca has sido mío. Que somos un verso partido por la mitad, en un libro con hojas en blanco. Que no hay principio ni final porque nunca se ha escrito ninguna historia entre tus brazos y mi cuerpo. Sólo hay dibujado un corazón ciego y roto con espinas, cosidos y descosidos, y para siempres que acabaron en promesas llenas de inviernos grises, como nuestro futuro. Sin esperanzas de sobrevivir al huracán. Queda un lamento callado a voces, y un te quiero que se perdió en el camino entre tus kilómetros y mis ganas.

La felicidad debe ser algo parecido a hacerte la dormida y notar como él se acerca a ti, te da un beso en la mejilla y te acaricia la cara, para luego llenarte de besos y de sueños el cuerpo. Hace mucho que no me pasa. Empiezo a pensar que Cupido se ha dado por vencido con mi mala suerte. Tantos amores de mentira para un sólo corazón. Demasiado peso para llevar a cuestas. Supongo que hasta que llegue el día en el que se resquebraje del todo y ya no le queden lágrimas suficientes ni de repuesto para deshacerse del ruido que hace el silencio si no hay con quien compartirlo.
Dijo que vendría para quedarse, que él no era como los otros, (eso me hizo creer), y en cierto modo, tenía razón: nunca se quedó, pero tampoco se marchó, y en eso se diferenció de los demás. A veces me habla, y me dice de vernos, como si nada hubiera pasado, como si sus manos nunca hubieran dejado una historia a medio escribir en mi cuerpo, como si nunca hubiéramos estado el uno dentro de la otra. Como si nunca me hubiera hecho caer en la falsa ilusión de que me quería para algo más que viajar fuera del universo en la parte trasera de su coche. Ser dos almas en una y no la triste historia de la mitad de una mitad. Él decía que eso era hacer el amor. Dulce mentira que logró que me creyera.

Y el olvido: algún día llegará. Siempre llega, aunque no lo queramos. Lo malo del olvido es que no llega cuando tiene que llegar a ambas partes, cuando la espiral de recuerdos se agolpa en la mirada cansada de quien ha convertido su vida en un llanto, con el agravante de la soledad no deseada. Pues el olvido llegará, lo que no se es en que tren viajará y si llevará de acompañante a su gran amiga la nostalgia, y si podré evitarles a ambos.
Y se irá. Tarde o temprano se irá. Todos se van al final, aunque digan que nunca lo van a hacer. Encontrará a otra a quien llenar de promesas y de presentes con vistas al futuro, y a mi me convertirá en un borrón en su historia. Porque todos seremos alguna vez un borrón en la vida de otra persona, aunque intentemos correr para que no nos alcance. Hay cosas que no se pueden evitar y esta es una de ellas.

Espero que les haya gustado.

Saludos,
Laura.

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