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No sé que es lo que hicimos mal. Acabamos tan quemados que las llamas apagaron las ganas de abrirnos el alma. Y el amor se nos rompió de tanto usarlo, o tal vez fue por el polvo acumulado de utilizarlo y luego dejarlo todas las frías noches en un armario, con la piel tatuada de la esperanza rota. Rota, como aquella foto que colgaba del corcho de mi habitación, y que ahora sólo es la mitad de una mitad que un día estuvo completa.

Quisimos ser los protagonistas de nuestra historia, y al final sólo fuimos unos meros espectadores contemplándola desde el retrovisor de una vida que ya no tenía ningún sentido porque ya no amanecías a mi lado ni anochecias debajo de las sábanas de mi cama, como todos los sábados a las siete y media de la tarde de aquel frío invierno.

Recuerdo la impotencia de no poder abrazarte cuando te fuiste por aquella puerta. Recuerdo lo que dolió que el orgullo no me dejara agarrarte y decirte que no quería que te fueras, que lo único que deseaba era gritar y decirte que eras lo mejor que tenía en esa vida. Si, recuerdo la impotencia. Impotencia por querer parar aquella hecatombe de lágrimas por quedarme parada en vez abrazarte y no soltarte. Impotencia por querer luchar, levantarme de la caída, salir de mi cárcel interior y besarte, pero no tener fuerza para ello. Maldito orgullo, lo llenas todo de confusión y de te quiero’s perdidos a la orilla de un adiós.

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Recuerdo todos los para siempre que nos prometíamos entre risas, el futuro de caricias debajo de la lluvia que siempre imaginábamos, con las ganas de que llegara aquello tan ansiado, como si quisiéramos que lo bueno pasara para que llegara algo mejor. Como un éxtasis, un volcán de pasiones en erupción que arrasa con todo, y luego, ya calmado duerme en paz.

Nada ha cambiado desde entonces, nada cambia, salvo yo, que cada día me hundo más en un laberinto del que no sé como encontrar la salida.

Quería que supieras que desde ti y antes de ti nunca ha habido nadie como tú. Nadie que tuviera magia en sus ojos cada vez que me miraba, ni que dibujara tanta belleza en una simple caricia por mi espalda, aunque fuera efímera y durara tan sólo unos segundos. Era increíble la de cantidad de sonrisas que podías crear con tan sólo un abrazo de los tuyos. Tal vez porque en cada abrazo, se escondía una historia, y en cada beso, una razón para darte todo el amor que me ardía por dentro. Me enseñaste tanto en tan poco tiempo, que aún no se como no te creado una estatua en el Parque de el Retiro, en honor a toda la felicidad que me regalaste sin pedir nada a cambio.

Soy la chica de la mirada perdida, la de la sonrisa olvidada, la chica de tus tristes recuerdos que tal vez, ya no recuerdes. Y tal vez sea mejor así. Que seas feliz fuera de aquí, con los kilómetros que parten en dos las ganas de hablarte y contarte que aquí, todo sigue igual que cuando te marchaste. Pero sólo es un sueño, como tantos otros que han muerto por no querer cumplirlos.

Lo cierto es que, aunque apenada, sonrío cuando apareces en mi mente, o cuando quedamos y me cuentas lo feliz que estás con esa otra chica, y lo que te alegras de haberla conocido, y para que mentirte: yo también me alegro de verte contento. Siempre he pensado que tu sonrisa es uno de los tesoros más bonitos que existen en el universo, y que es la octava maravilla del mundo; las otras siete la forman tus ojos, tu espalda, tus labios, tus manos, y tu no rendirte nunca. Es bonito ver feliz a la persona que siempre has querido, aunque esa felicidad no se la des tú, y, tal vez por eso sea tan triste, porque no eres tú quien le acompaña en los días grises para llenarlos de mariposas de colores.

¿Y qué pasó para creernos que ya todo terminó?

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Alguien dijo un día, “Cuidado con la tristeza, que es un vicio”

 

Espero que les haya gustado.

Saludos,
Laura.

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