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Estoy acostumbrada a recordarte por las noches, hasta que llegas a dolerme. A pensarte aquí a mi lado, a imaginarme allí, abrazada a ti. Y luego me acuerdo, con el corazón descosido, que tu alma es un abismo infinito, un vacío en mis ojos cuando lloran, porque se topan con el muro de piedra que es tu mirada. Pero luego me sonríes, me miras y me dices lo guapa que estoy, y yo, como una tonta enamorada, me creo las mentiras que salen del infierno de tus labios, y caigo -como una loca ingenua que cierra los ojos ante el peligro- sobre el océano que es tu cuerpo, y luego me besas, me miras y te miro, y sigues besandome, acaricias mi espalda y yo sigo creyendo que en realidad me quieres, que acabaré rompiendo la coraza que guarda tus sentimientos cuan centinela en un castillo.

Y me matas y me revives, me dejas sola frente al miedo, pero luego me salvas. Eres el caos que has creado dentro de mi, el desorden de mi vida desde que existes en ella, la tristeza de las despedidas y la ilusión de cada encuentro. El tiempo pasa, pero mi vida se ha quedado contigo. Que me tienes entera aunque yo no tenga ni la cuarta parte de tu cariño.

Es entonces cuando me doy cuenta de que te has convertido en una droga, que sin quererlo me he vuelto adicta a tus promesas, a tus mentiras, a tu sonrisa. Te miro y te sonrojas, así que supongo que, en el fondo, eres un continente perdido esperando a ser conquistado. Y también, aunque lo intentes ocultar, sé que dentro de ti anida el miedo a ser descubierto, el miedo a cerrar los ojos y descubrir que te han dejado en ruinas. Miedo a compartir atardeceres, y que después no exista un amanecer a su lado. Se que a veces me miras creyendo que no lo noto, y que también, a veces, me buscas entre los recuerdos que deja mi respiración en tu coche, cuando hacemos el amor, pero me aprietas junto a ti, cubriéndome con un abrazo, y cierras los ojos, estrujando tu corazón para que no diga las palabras prohibidas, tal vez ese te quiero que podría echar a perder la noche, ese para siempre que no quieres que llegue, por si le da por transformarse en una despedida llena de lágrimas y un hasta nunca.

No sabes lo que duele mirarte. Lo que me dueles cada día que pasa. No tienes ni idea de como me destrozas cada vez que intento acercarme a ti, y en vez de sentirte cerca, te vuelves distancia y frío. Hielo. Sal. Veneno. Kilómetros.

Y cuando por fin consigo aunar fuerzas para marcharme y no volver, llegas tú, con tu “por favor, no te vayas, quédate un rato más”, y me fundes en un beso, derritiendo todo el valor, calentándome las ganas, y me vuelves a besar, y me desnudas. Pero no sólo el cuerpo, también el alma. Me desabrochas la blusa y me dices que me deje llevar, y tengo miedo. Y vuelves a ser droga y adicción. Cuerpo con cuerpo, así parece que la soledad duele menos. Me haces olvidar el resto del mundo, y también las razones que tenía para irme de tu vida. Y me atrapas. No me cortas las alas, pero tampoco me dejas libre. Me tienes presa en cada risa, con cada caricia. Me quitas el miedo por unos instantes, y creo que en ese momento, tu también pierdes tu coraza, tu barrera, la frontera que existe entre mi amor, y tu guerra. Nos volvemos verso, y también poema. Historia, cuento, canción. Coma, puntos suspensivos y un final en una hoja en blanco.

Algún día tendré que decirte adiós -pienso mientras me deshago en gemidos los sueños- mientras en silencio desabrocho los botones de tu camisa, y te beso tu cuello. Algún día tendré que deshacerme de esta droga que me mata pero que al mismo tiempo me mantiene viva. Y es que el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren -como dijo Sabina- Contigo me fallan las piernas, porque eres esa herida que sólo duele cuando te vas de mi lado.

Te quiero y se que acabaras queriendome, tarde o temprano, si es que no me quieres ya. Lo puedo ver en tus ojos, las ganas de querer y de ser querido. Algún día seremos una novela que contenga muchas historias sin ningún final, con un montón de hojas en blanco para nunca dejar de escribirnos. De escribir nuestro futuro.

Seremos destino. Aunque tu le vuelvas la espalda y te encierres con tus miedos.

Espero que les haya gustado.

Saludos,

Laura.

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