Echo de menos que me quieran, es decir, que me quieran de verdad, como se quieren los amantes eternos, o como se quieren el sol y la luna.

Echo de menos aquellas llamadas al teléfono de casa o al móvil, a cualquier hora, sin importar el motivo, sólo por el gusto de escuchar su voz. Nuestra voz.
 
Echo de menos esos SMS a las doce de la noche para dar las buenas noches; o los de por la mañana, tan sólo para desear un buen día, y ya de paso decir TE QUIERO. Porque desde que existe el whatsapp, el verdadero amor se está muriendo.
 
Es que estamos matando el amor sin darnos cuenta; ya no miramos a los ojos del que ama, ya no demostramos con pequeños (o grandes) detalles nuestro amor, sino que lo hacemos a través de una mísera pantalla, como si ponerse una foto de perfil fuera a demostrar más que un abrazo en una tarde de lluvia. 
 
Echo de menos aquellas tardes de invierno, cuando venías a verme al instituto por sorpresa – y a veces, no tan sorpresa, aunque yo fingía que no lo sabía- y yo miraba con orgullo tus ojos del color de la alegría, y luego miraba a nuestro al rededor, y podía leer en los ojos de las demás chicas la envidia que les daba el saber que tus labios ya tenían dueña.
 
Echo de menos los abrazos por la espalda, y también los besos de repente. De repente, como si de una estrella fugaz se tratara.
 
Pero no, ahora nos contentamos con coger el móvil y mandar caritas sonrientes o corazones de colores. Ahora nuestra felicidad depende de si nos responde rápido a un jodido mensaje, y si no lo hace, entonces no es amor o es que ya no nos quiere tanto. O que sé yo. Es triste que el querer de una persona ahora sólo se mida a través de la conexión del whatsapp o de cualquier red “social” -Me pregunto quien será el listillo (nótese la ironía) que se atrevió a ponerle semejante nombre-.
Echo de menos los viejos tiempos, cuando se nos iluminaba la risa y sonreían nuestros ojos al leer aquella carta de amor tan esperada, escrita con tinta de su sonrisa, conectando nuestras almas con tan sólo cerrar los ojos, y entonces, como si de un truco de magia se tratase, los kilómetros que nos separaban, desaparecían, dejando a la distancia desnuda de emociones. De sensaciones. Dejándola muda de tristeza y dolor por no verte.
 
Voy destruir este maldito aparato, esta cárcel con enchufe que nos tiene encadenados al eterno quizás, a los continuos celos; que nos vuelve drogadictos, que nos hace dependientes de un simple “escribiendo”. Lo juro, cualquier día cojo este dichoso trasto y lo tiro desde un séptimo piso. Tal vez, así pueda liberar al amor de sus cadenas, tal vez sólo así, podamos recuperar todas las noches de promesas y las tardes de comer pipas en el parque de la esquina, o los desayunos debajo de las sábanas. 
 
¿En qué nos estamos convirtiendo? 
 
¿En qué estamos transformando el amor?
 
El mundo entero está plagado de poesía, pero estamos tan ciegos, tan adictos, tan intoxicados de este aire de ciudad que nos asfixia, que nos ahoga, que nos pone una venda de niebla en los ojos, y nos impide ver y sentir el camino; que nos hace tropezar siempre con la misma piedra, como si no hubiéramos aprendido, después de tantas caídas y lágrimas, que las piedras no sienten, como si nos gustara estamparemos continuamente contra el mismo muro, una y otra vez, sabiendo que, con cada golpe, a nuestro corazón se le abren nuevas -y viejas- heridas. Como si enamorarse de la mismas espinas sin rosa nos hubiera nublado el alma. 
 
Es verdad eso que dicen que el amor es la peor droga que existe.
 
Y hablando de drogas… Él.. Él fue mi mayor adicción. Pero si os digo la verdad.. Si me dieran a elegir… Volvería a elegirle a él por encima de cualquier cosa, aunque me volviera a equivocar de nuevo. 
 
“Cada noche es un acto de amor
y el concierto se hace en una cama,
pero faltas tú, tu respiración
es la nana que me calma..”
-Sin ti sería silencio.- (Mago de Oz)
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Espero que les haya gustado,
saludos,
Laura
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