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Y si pudiera cambiar el pasado lo haría. Y que ironía, pero creo que ahora empiezo a comprender las cosas mucho mejor. El porque de dejar marchar lo que ya esta roto, lo que ya no se puede arreglar, lo que se ha ido estropeando con el paso del tiempo. Y sin embargo, es ese tiempo el mismo que nos da y luego nos quita. El que logra curar las heridas de los recuerdos transformados en espinas de rosas, o el que nos hace ver que hay cicatrices que nunca llegan cerrarse y que pueden volver a sangrar. Es el tiempo; el que nos cierra los ojos para evitar sufrir, o el que nos los abre y nos permite seguir el camino. 

Pero a veces el tiempo pasa tan lento que escuece en el alma y me destroza. Me rompe en miles de trocitos de cristal; en pequeños cachitos de lágrimas que caen cuán río embravecido en un día de lluvia. Como las olas del mar cuando rompen en las rocas intentando descargar toda su ira contra ellas. Dicen que las olas del mar son las lágrimas de las relaciones que murieron con un adiós encharcado de dolor y que se perdieron en el horizonte buscando tan sólo el olvido. Corazones rotos imposibles de volver a coser. También dicen que aquel que deja marchar lo que más quiere, ya no vuelve a ser el mismo nunca. El amor es luchar cada instante por una estrella. Para qué nunca se apague su luz. La luz que brilla en sus ojos. Por la rosa que nace en sus labios y que necesita ser regada con cada beso para poder vivir. Luchar por las galaxias que se esconden debajo de sus pestañas. Luchar por un imposible, pero que a la larga se convertirá en una única realidad. Verle feliz por cualquier cosa, verle sonreír y saber que ya podrías morir en paz sabiendole dichoso.

 Y luego hay algo que no consigo entender: la cobardía. La rendición. La resignación. La gente que da por perdido el amor cuando tal vez ni siquiera saben que lo tienen. Tal vez sea porque es más fácil rendirse, tirar la toalla, antes que levantarse y salvar lo más bonito que les podrá pasar en toda su vida. 
Pero hay gente así. Con tanto miedo a perder y a sufrir, que sin darse cuenta aceleran el final y con ello su sufrimiento. Y por ello, aunque vivos, consiguen morir para siempre. Muertos en vida que ya no saben buscarle constelaciones al amor, los colores del arcoiris.
 
Tal vez yo sea una de esas personas. Hace mucho tiempo, tal vez unas cuantas noches, y unas pocas lluvias, dejé marchar al amor de mi vida, cuando vivía en un mundo de tormentas y grises. Pero he cambiado. O al menos, todo lo que puede cambiar una persona que ya no tiene un corazón sin cicatrices con el que vivir. Bueno, he cambiado, pero ya no es lo mismo. Se me rompieron los colores del alma. Sabía que existían los finales (pero no los felices; sino los otros, los que te matan el ánimo y la esperanza), pero nunca pensé que pudiera alcanzarnos a nosotros. Nosotros, aquellos, los de entonces, ya no somos los mismos. El final definitivo nos partió la alegría en unos cuantos trozos de amargura y hiel. Y yo me volví melancolía. Tu tal vez te tornaste sal. Y nosotros polvo. Tierra seca. Nos volvimos verdad. Y soledad. Y noches de alcohol y barras.
Insonmio.
 
Y ahora sólo somos presos del olvido. Presos con un final definitivo. Porque todo tiene un final: nada es para siempre.

 

Espero que les haya gustado,

Saludos,

Nawin.

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