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¿Sabes esas cosas que no quieres tocar porque pueden romperse con tan sólo rozarlas? Pues me atrevo a decirte que, aunque triste, eras la más bella obra de arte, porque eras perfecto. 

Me acuerdo que por las noches soñaba con verte al día siguiente, y cuando nacían los primeros rayos de sol de un amanecer nuevo, me daba miedo abrir los ojos y descubrir que sólo había sido eso: un sueño. También recuerdo el miedo que tenía de besar tus labios, de acariciar tu blanca piel por si te evaporabas de mi vida y ya no volvía a verte nunca más.

Siempre fuiste mi resaca de una noche de verano, las flechas con las que Cupido decidió atravesar este corazón ya amurallado, para que nada pudiera romperlo como tantas otras veces. También fuiste punzadas de esperanzas inundadas de pasión y alguna que otra sonrisa debajo de las sábanas, mientras hablábamos de promesas de futuro sobre crear un nuevo mundo juntos. ¿Te acuerdas de nuestro planeta? ¿De ese que decíamos que tendría como única patria los besos debajo del mar? Todo aquello que un día hubo murió con aquel portazo y esos ojos llenos de lágrimas decepcionadas. Los pilares de aquel futuro en el que sólo habría caricias y abrazos, aquel en el que nunca te irías de mi lado, se han partido en mil pedazos del ayer. Desangrándose mis recuerdos, en mi memoria están también aquellos momentos de cuando te prometía que nunca serias olvido ni llanto amargo. Y creo que en lo primero he cumplido. Y luego vinieron los días en los que me agarraba al recuerdo de aquella foto en la que me besabas bajo la sombra de la Torre Eiffel; y es que cuando ya no tienes nada que perder, cuando hace acopio la soledad y se emborracha de tristeza la noche; te aferras a cualquier recuerdo del ayer, como alimento para no morir, aunque en realidad lo único que consigues es coser tu propia mortaja. Y es que, hay heridas que nunca sanan. Heridas que con el tiempo se convierten en pequeños trozos de abismos cristalizados que nunca cicatrizan. Heridas que nunca dejan de arder, ni de sangrar; heridas que nunca olvidan y que te rompen por dentro a medida que pasa el tiempo, ahorcando tu alma, condenándote al eterno quizás. Y es que tal vez, la clave esté en romperse del todo, para poder empezar desde cero una nueva vida.

Es triste pensar en todo lo que fuimos un día, y en lo poco que nos queda ya. Tan sólo un par de canciones ahogadas en alcohol y unos cuantos monstruos que hacen que te eche de menos con cada madrugada.

Y aún así, dejaré mi puerta abierta, por si, algún día decides volver, aunque sólo sea por error, por un descuido en el que tu vida se confunda de camino y te conduzca hasta mí.

 

 

Saludos,

Nawin.

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