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Ojalá no doliese. Ojalá no doliese tanto haber perdido. Habernos perdido. No poder encontrarnos. Somos idiotas. Fuimos idiotas, y lo seguiremos siendo hasta que aprendamos a no necesitar a nadie que no nos necesite a nosotros. Fíjate si somos idiotas, que esperamos a darnos cuenta de que necesitamos a esa persona, hasta que su ausencia cala nuestras almas y las llena de ojalás y de quizás. Estar rota y que nadie venga a arreglarte, es una gran putada. Que nadie venga a coser tus heridas, ni a besar tus cicatrices, es estar sola. La soledad, la eternidad, si no son compartidas con alguien que las llene de colores y de caricias, son una tortura que hace que te escueza la vida, que te duelan hasta las lágrimas, sin que nadie te las enjuague, ni te las cambie por sonrisas. 

Yo estoy rota. Destrozada. Soy una muñeca de trapo que yace abandonada en un rincón de la estantería, sin que nadie se acuerde de que una vez existió. Estoy rota, y nadie viene a regalarme sus abrazos, a hacer un trueque en el que él me regale su mirada, a cambio de una sonrisa mía. Y me pregunto cuanto tiempo más seguiré así. Cuanto tiempo me queda de vida, o de muerte. Tal vez es que aún no he nacido y esto es sólo una pesadilla. Porque sí esto es mi vida, entonces es que algo muy malo debo haber hecho en un pasado, para que algo, dentro de mi se haya resquebrajado, para que esté llena de grietas, como cuando la tierra se seca y el agua se ha mudado de país.

Y ya ni siquiera sé quien soy. Creí que podría volar, como lo hacen los pájaros, creí que podría ser la brisa que rozara todas las mañanas tus labios, creí poder ser la enredadera que recorriera todas las noches tu blanca espalda; y ser la guerra en tu cama cada tarde; creí ser tus amaneceres en la playa, creí que podría ser presente, pasado y futuro a tu lado, y ahora siquiera soy el más hermoso de tus recuerdos. Puede que tal vez no sea ni eso: ni un recuerdo. Sólo la espina de una rosa que se te quedó clavada en una de tus lágrimas y que no logras sacarte del corazón. 

Espero que no te duela tanto como me dueles tu a mi. No es agradable no poder sonreír de alegría cuando alguien dice tu nombre. Hasta eso me duele. No saber que responder. No saber que decir. Silencio. Un silencio incómodo y casi mortal. No saber donde quedó el ayer. Ni el hoy. Ni el mañana. 

Somos parte de un estúpido juego que alguien se inventó porque se aburría. Porque el amor no es más que eso: un maldito juego en el que siempre se sale perdiendo. Es como una maldición en la que todos tendemos a caer sin que nuestros pies paren de correr hacia nuestra nuestra perdición.

Como la más dulce de las condenas.

Se ha estropeado para siempre lo más bonito que jamás nunca vayamos a tener. Se perdió el dulce consuelo del amor.

¿Y qué me queda ahora? ¿Qué nos queda?

 

Espero que les haya gustado.

Saludos,
Nawin.

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