Etiquetas

, , , , ,


image

Era pelirroja, con el pelo lleno de tirabuzones y largo hasta la cadera, recogido siempre con una trenza de espiga; de tez pálida y ojos color océano. Labios color carmín. Y una sonrisa tan bonita como el arco iris que sale después de cada tormenta. Ella era tan bella como la luna, y cuando se reía, las estrellas sentían envidia, pues lo iluminaba todo con las curvas de su sonrisa. Era el ser más bondadoso y dulce que jamás había existido sobre la faz de la tierra. Por eso, él la amaba como nunca había amado a nadie. Y por esa misma razón, ahora la echaba tanto de menos. Extrañaba el olor a vainilla de su piel, y la calidez de sus manos de pianista, que tantas caricias le habían brindado meses atrás.

A veces, cuando ya no podía aguantar el dolor de no poder tocarla y abrazarla, miraba la foto que tenía pegada en el corcho de su habitación, cerraba los ojos y se la imaginaba allí, a su lado. Hablándole con sus miradas que lo decían todo sin necesidad de palabras vanas y caprichosas. Soñaba que la besaba, que hacían el amor a la luz de la luna. Soñaba que la soledad desaparecía porque ella volvía a su lado, y calmaba su sed de cariño, su hambre de amor. Sus ganas de volver a vivir. De escapar de ese mundo cruel que le había arrebatado la vida de su ángel. De su niña. De su pequeña pirata. De su salvaje tigresa.

Nunca se había sentido tan solo en toda su vida como se sentía desde que ella se fue para siempre. Y sentía rabia. Una rabia mezclada con tristeza y un vacío tan grande como su nostalgia.
Era un ser humano muerto en vida. Porque no existía vida sin ella. Era incapaz de seguir adelante. Su alma estaba quebrada. Partida en mil pedazos de ella. ¿Cómo olvidarla, si su recuerdo anidaba hasta en los pétalos de las flores del jardín que había en el parque de la esquina? Con ella siempre era primavera, no existían las demás estaciones, y ahora todo era un invierno plagado de grises. La música se había vuelto muda porque los ruiseñores habían dejado de cantar en su ventana en cada amanecer. Su vida era un conjunto de penas y agonías que jamás desaparecerían hasta que él también dejara de vivir. Y la verdad, es que aquello no era vida. Ni nada que se le pareciese. Tal vez lo mejor fuera desaparecer. Él solo quería reunirse con su pequeña pelirroja. No soportaba el dolor de su pérdida. Su corazón lloraba lágrimas encharcadas de angustia. Intentaba olvidarla. Quitársela de su mente y de su alma. Pero no lo conseguía. Era imposible. Ni siquiera gritando desaparecía su agonía.

image

Recordaba con claridad aquel día: a su pequeña tumbada en la cama del hospital, llena de tubos y de vendajes. Sus ojos cerrados, y su respiración lenta, como si en algunos de esos suspiros, quisiese dejar entrever su despedida. Él la cogía de la mano, para que ella no se sintiese sola, para que en su largo sueño, notase el calor de su amor. Un amor más allá de la muerte. Más allá de estereotipos, mentiras y traiciones. Estaba guapa hasta llena de vendas. Y también se notaba su tristeza, aunque no pudiese decirlo con palabras.

Y en mitad de esa profunda pena, le quedaba al menos la esperanza de que, allá donde estuviera, ella no se olvidara de él nunca.

Necesitaba verla para acabar con aquel dolor. Necesitaba vivir de verdad. Y a media noche, a la luz de un candil, Gabriel decidió poner fin a aquella pesadilla.

Y su sangre caía de su cabeza, tiñiendo de rojo la alfombra de la habitación que había sido testigo de tantas pasiones y promesas, ya imposibles de cumplir.

image

 

Espero que les haya gustado.

Saludos,
Nawin.

Anuncios