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Foto hecha por: Bárbara Muñoz

Te odio. Te odio porque te quiero, porque haces que no logre olvidarte. Te odio porque me has llegado tan dentro del alma que ahora soy incapaz de sacarte de mi recuerdo. Te odio porque te has apropiado de mis trocitos de alegría, te has llevado toda una primavera de colores, y te has dejado, entre los huecos de mi cama, todo un invierno de grises de diferentes tonos. Porque así has dejado mi vida: sin música y sin colores. Como una película muda, en blanco y negro.

A veces me decía a mi misma: “Laura, te tienes que ir de ese lugar. Todo paraíso tiene su serpiente. Su Adán y su Eva. Su ángel guardián. Vete antes de que sea demasiado tarde. Ese lugar no es para ti”. Pero nunca tuve el valor de marcharme. Era incapaz de dejar de amarte. Como para no haber adorado tus grandes ojos marrones. Por ellos siempre brillaba una luz estrellada, como si fueran un presagio de que algo muy grande anidaba en su interior. Y tus labios.. Era imposible no hacer poesía con ellos. Imposible no desearlos. Y luego estaba tu cuerpo: un pequeño mapa del tesoro, con su isla perdida, donde podía naufragar para ver amanecer. Pero si había algo que de verdad amaba, y que ahora odio, es ese pequeño universo que se escondía entre las montañas de tus labios, aquel cielo de besos que se estrellaba en las colinas de mi cuerpo. O tus manos acariciando mis piernas, subiendo por mi espalda, escribiendo canciones hasta llegar a mis labios.
Te odio porque conseguiste encontrar la forma de retenerme con tan solo una palabra. Con tan solo una mirada. Te odio porque aún te quiero y porque tu recuerdo no se va de mi mente. Porque te llevaste la rosa y me dejaste las espinas. Apagaste el fuego y me dejaste las quemaduras. Porque te has llevado mi felicidad, y me has dejado el dolor de no encontrarte ni siquiera por las esquinas de mi solitaria habitación. Y créeme, es muy duro. Es doloroso saber que los años pueden conmigo, y que el tiempo no se lleva consigo tu recuerdo. Todo sigue igual que la última vez que nos vimos. No hay ni un solo día en el que no eche de menos que me cojas la mejilla y me limpies los ríos de lágrimas que bajan desde mis ojos, y que me prometas que todo irá bien. Ya sé que es imposible volver a reescribir al ayer, y que por llorar y gritar no voy a cambiar nada; pero no puedo evitar que seas ese cuchillo que se me clava en el alma. Y ojalá te recordara con alegría, pero es triste saberte tan lejos, aunque estés a una hora de mi mundo. Es como un castigo. Como si estuviera atada a algo, y no pudiera soltarme por más que pataleara y suplicara. Supongo que estoy encadenada al recuerdo de tu risa. Cabían miles de galaxias en ella. En tu sonrisa, digo. No sabes la de estrellas que nacían en tus ojos cuando te reías a carcajadas. Por eso siempre tenías luz. Por eso iluminabas mi vida. Porque brillabas más que cualquier maravilla del mundo, más que el oro, o la plata.. Más que el sol, y la luna. Estoy segura de que cuando te ibas a dormir, a tus espaldas todos conspiraban para encontrar la forma de apagar tu luz. Te tenían envidia. Pero nunca lo consiguieron. Eras la sonrisa que nacía en mis labios cuando te veía aparecer por mi jardín.
No sabes la de veces que me salvaste la vida. La de veces que tus abrazos me salvaron de la perdición.

Y luego te fuiste y no volviste nunca.

Odio aquel lugar. Tus manos, tu cadera, tu pelo. No haber sabido irme antes. No haberme marchado para siempre.

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Espero que les haya gustado.

Saludos,
Nawin.

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