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Querido príncipe azul:

Quería decirte que por fín te olvidé intenté olvidarte. Lo prometo.
También me gustaría que supieras que he dejado de creer en seres inexistentes como usted, querido caballero. Que he averiguado que no me van los príncipes, ni demás seres camaleónicos e hipócritas.
También me gustaría que supieras que, aunque no te he olvidado (pues dudo que algún día pueda olvidaros), descubrí que me gustaban más los piratas; y que encontré al mío propio, con su isla y su tesoro perdido. Su tesoro no son unos cuantos millones de euros, ni una ático en Nueva York, ni una mansión en Italia, ni un yate. Su mayor tesoro es su bondad, su alegría, su ternura, su paciencia para conmigo… Y sus ganas de vivir. Y su isla, su cuerpo. Sus ojos. Su sonrisa. Su espalda. Sus manos.

Quería decirte que porfín sé lo que es amar y sentirse amada. También me gustaría que supieras que no sirve de nada ser un “príncipe” si por dentro se tiene el corazón podrido. Que no se puede ir por la vida pisoteando a los demás ni creyéndose superior a nadie. Supongo que con el tiempo me he dado cuenta que no vales tanto como te crees, mi querido príncipe. Y me costó abrir los ojos. Pero la venda al fín se me calló.
Pensaste que podrías hacer como si nada hubiera pasado, y meterte otra vez en mi vida como los ratones en su ratonera. Pero lo que pasa, cariño, es que en mi vida dejaste de ser una luz, para pasar a ser un agujero negro en mi universo de recuerdos y de nostalgias. Y créeme, no me arrepiento de haberte sacado de mi vida, por muy príncipe que te creyeras. O más bien, como yo creía que eras. Se te subió demasiado el ego a la cabeza.

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Ha sido un duro golpe esta decepción, lo reconozco. Te creía diferente. Pensaba que habías cambiado. La caída ha sido dolorosa.
Tal vez porque los príncipes y las princesas son solo un cuento de Disney, y la vida real está más llena de sapos verdes y de perras pulgosas con el alma negra. Porque los príncipes azules se acabaron destiñendo, las Bellas durmientes nunca despiertan de su sueño y las Cenicientas siguen limpiando las casas de sus madrastras sin que ningún príncipe a caballo venga a rescatarlas.

La vida no es un cuento, y nunca lo será. Solo depende de como queramos vivirla. De lo bella que queramos hacerla.

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Saludos,
Nawin.

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