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A veces le echo de menos. Hay noches en los que el tiempo se hace eterno, y los días son demasiado grises. Inclusos negros. Me ha dejado en el alma una huella, y en mi cama un vacío cruel..

Duele demasiado pensar que ya no estará aquí para alegrarme con sus bromas. A veces le extraño. También, a veces, recuerdo su pelo marrón enroscado a mis dedos, y sus ojos verdes mirándome con su brillo selvático.
A veces siento que mis lágrimas recorren mi cara, convirtiéndose en ríos que nunca encuentran reposo, al recordar los abrazos, las risas, los besos, las cosquillas, que ya nunca volverán. De otra, serán de otra.
A veces, creo verle sonreir entre las calles de Madrid, incluso creo recordar su olor a perfume de Marck Jacobs. Y ahora que está lejos de mi, siento que me faltan tanto sus palabras.. Porque a veces, necesito que alguien me pare los pies y me diga: “ey, peque, para los pies, que te estas embalando”. Porque sí, a veces hago demasiadas locuras y soy muy cabezona y tozuda.
A veces, cierro los ojos y me imagino que le tengo, que no está a miles de kilómetros de mi alma. A miles de kilómetros de aquí. Ahora siento que una tempestad de tormentas azota mi cuerpo, con rayos de nostalgia y abismos de soledad.
Porque cuando alguien se va, o cuando le dejamos marchar, por orgullo; se abre una brecha en nuestra alma, en nuestro interior, una brecha hecha de tristeza e incertidumbre. Y se vuelve insoportable. Inaguantable. Como sentir que nunca le dijiste en vida todo lo que le querías.
A veces me he sentido así. Desordenada. Pero no ese desorden que te provoca el estar junto a la persona amada, sino el desorden, el miedo de cuando descubres que tu alma se ha partido en miles de pedazitos de él, y que formaban parte de ese desorden interior que te ha dejado su adiós para siempre. Y ya no hay solución. Se ha ido y no volverá. Y tu no encuentras esa parte perdida de ti misma por ninguna parte.
Entonces deja de existir un yo, un él, un nosotros. Pasa a ser un yo a medias. Un yo partido por la mitad. Roto. Ya no existe un presente ni un futuro. Solo un pasado encharcado de lágrimas. Una marea de emociones que sube pero nunca baja. Y entonces siento que me ahogo. Que me asfixia, que me quita el aire. Y quiero gritar, pero se me escapan las fuerzas por los poros de mi piel.
A veces tengo frío. Y nadie viene a darme su calor a base de abrazos. Y se me congelan los sueños. Y a veces duele. Y mucho.

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Otras veces, sin embargo, siento que la lava de mi volcán empieza a arder, y me quema, me quema entera. De arriba a abajo. Y mi cuerpo necesita de su frialdad para enfriar las llamas.
Y mientras que espero a que todo vuelva a ser como antes, seguiré con mis tormentas. Con mis ciclones. Con mi huracán de sentimientos que se me clavan en el alma como si fueran espadas recién afiladas.
Sé que esperaré toda una vida y las siguientes que vengan, si es que hay vida después de la muerte. Y también se que no vendrá. Que nunca volverá. Que la espera será absurda. Pero también es bonito soñarle y acariciar aunque solo sea el fantasma de su recuerdo, por mucho que me duela al despertar y no sentirle cerca.

Porque al fin y al cabo, ya estoy muerta. Muerta aunque mi cuerpo siga vivo. Porque mi alma murió con el último adiós, y ya no hay nadie que pueda rescatarme de este desierto que es mi soledad.

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“He ido ahorrando sonrisas, para ganarle sitio al llanto, pues de tanto llorar no llego a fin de mes..”Te guardo un beso. (Mago de oz)

 

Saludos,
Nawin.

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