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Me iré y no volveré. Me iré y nadie volverá a verme nunca. Me iré… Me iré algún día. Pero mientras tanto, mientras espero a que la cobardía me abandone y me permita dar el paso para desaparecer, me quedaré por las habitaciones de esta triste casa que ya no tiene la música de tus palabras para llenarla de vida. Por los bancos de ese solitario parque donde antes nos sentábamos tú y yo para hincharnos a pipas, por el césped de ese jardín donde antes nos tumbámos mirando al cielo buscando formas imposibles en las nubes y que ahora esta solitario porque ya no estás para darle alegría con tu risa. Me pregunto si algún día lograré tapar ese vacio abismal que has dejado en mi interior desde que te fuiste y te dejaste olvidados en el cajón de la mesilla de noche un millón de recuerdos, y aquel medallón en forma de dragón que te compraste en la feria de mayo para que hiciera juego con el mío. A veces me pongo a gritar para ver si así alguien me oye, pero el sonido se me queda atascado en la garganta. Entonces recuerdo que hasta eso te llevaste contigo. A veces sueño con tus ojos. Es lo que mejor recuerdo de ti. Tus ojos color otoño.
Pero a lo que iba. Algún día seré lo bastante fuerte como para irme y no volver. No se a donde. Tal vez a algún lugar en ninguna parte, donde el pasado no pueda perseguirme. A donde las flechas de Cupido no me encuentren. Donde solo estemos mi soledad y yo. Y así los ecos de tu voz no me alcancen. Pero el caso, es que no soy capad de marcharme. De abandonarlo todo. Aunque también puedo quedarme. Total, esta casa esta abandonada desde que te fuiste. Supongo que tenía que pasar algún día. Que te fueras, digo. Las cosas bonitas nunca duran. El tiempo las estropea. Como tus promesas. Si la eternidad existiese, seguramente se parecería a un día entero mirandote a los ojos. A una noche entera haciendo el amor contigo en la ducha. Aunque en verdad, el tiempo es eterno en esta casa desde tu partida. El silencio es mi único amigo. Todo lo demás desapareció cuando te marchaste. Y las luces de la calle ya no alumbran, y todo esta más grease. Pero ya me estoy acostumbrando. Al principio, odiaba la soledad, ahora he aprendido a convivir con ella. De hecho, es mi única amiga, junto con el silencio. Y mi gato negro Kafka. Como el gato de ese libro de Carlos Ruiz Zafón. A veces me mira con sus ojos amarillos como si formularan una pregunta incontestable. De esas que no tienen respuesta, o, almenos, no sabes como encontrarla.
Hace frio. ¿No lo notas? Está lloviendo dentro de mi. Y a veces también nieva y truena. No te asustes, es algo muy constante desde que no estas para darme calor con tus besos y abrazos. Supongo que algún día volveré a enamorarme. Aunque no se como se puede derretir un corazón congelado. Algún dia. Cuando encuentre unos labios y unos brazos como los tuyos. Algún día.
Está nublado y esta lloviendo en la calle. Pero estoy tan bien hablándole a tu tumba, que no me quiero ir. Siento como me abrazas y me susurras al oido que todo irá bien. Supongo que hay recuerdos capaces de sacar sonrisas donde es imposible que las haya. La muerte solo es el descanso de nuestra alma.
Al final acabaré haciéndome amiga del alchool para ahogar las penas. Y como dice aquella canción de la Quinta Estanción “No es que sea el alchool, la mejor medicina, pero ayuda a olvidar, cuando no ves la salida.. Hoy te intento contar, que todo va bien aunque no te lo creas, aunque a estas alturas, un último esfuerzo no valga la pena..”
Te convertí en la octava maravilla del mundo, las otras siete te tenían envidia, lo sé.  Cómo para no haber envidiado tus maneras, y tu forma de detener el tiempo cuando pasabas y las otras mujeres se volvían para mirarte. Entonces yo las miraba a ellas y pensaba para mis adentros “eso, mirad, mirad, que jamás será vuestro”, y entonces, casi sin darme cuenta, soltaba una risita y me volvía para mirarte y después besarte. Y todas ellas nos miraban pasmadas como contemplando una obra de arte que jamás llegarían a tener. Porque, aunque no te lo creas, tú eras arte. Y valias tu peso en oro. Bueno, no. Ni todo el oro, la plata y el bronce del mundo podrían igualar nunca tu valor. Nada. Tal vez algún algún día salga el sol dentro de mi. Quizás.

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Espero que les haya gustado.

Saludos,
Nawin.

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